3 de mayo de 2020

LIBROS PARA DEVORAR


Cuando era chica no tenía biblioteca en casa, esto se complicó mucho cuando comencé la facultad a los 18 años. No había espacio. Mis apuntes y mis libros iban y venían de la cama al living. En cambio, ahora la biblioteca está arriba, en un escritorio que - como digo siempre – si tuviésemos que vender la casa ese ambiente sería el “cuarto de servicio” porque se ingresa desde el lavadero. Pero para mí, es mi escritorio. Un lugar aislado que permite concentración.
Mi biblioteca - creo que a esta altura se entiende que llamo así a mi patrimonio de libros y algunos anillados – se reparte entre dos muebles, un estante empotrado en una pared y un par de estanterías pequeñas.  Apretados, algunos apilados y nunca ordenados como me gustaría. En uno de los muebles habita la Literatura Infantil. Sí, con mayúsculas. Propiedad compartida con mi hija, por supuesto.  Con clásicos y sus versiones,  libros de arte para chicos, de historia para chicos, muchos de animales, algunos de monstruos, otros de profesiones, unos cuantos de María Elena, varios (creo que toda la saga) de Mafalda, algunos de Federico, tres del gato de Berta, y unos viejos destartalados y amarillentos que fueron parte de mi infancia.
Hace un tiempo que parece lejano - estoy hablando de fines de febrero o inicios de marzo - mi hija pidió hacer una pequeña biblioteca en su dormitorio porque el escritorio queda alejado para buscar libros cuando quiere leer de noche. Hablamos de pintar dos o tres cajones de fibrofácil con colores fuertes y colgarlos en la pared como habíamos visto en unas fotos de diseño de dormitorios en Pinterest. Averigüé algunos precios, no habíamos decidido los colores y… llegó el aislamiento social.
En estos dos meses el dormitorio se pobló de libros con ponis, hadas, versiones de clásicos y el Ratón Pérez. Mi hija avanzó muchísimo en la fluidez de su lectura en voz alta y en comprensión lectora.  Sin embargo, los libros se caían entre la cómoda y la cama, quedaban entre las sábanas… no encontraban un lugar cómodo. Hasta que llegó una idea. De ella, por supuesto. ¡La heladera de Barbie se convirtió en biblioteca!



Allí los libros esperan ansiosos el momento de ser devorados como platos deliciosos por una inquieta lectora de casi siete años.