Cuando era chica no tenía biblioteca
en casa, esto se complicó mucho cuando comencé la facultad a los 18 años. No
había espacio. Mis apuntes y mis libros iban y venían de la cama al living. En
cambio, ahora la biblioteca está arriba, en un escritorio que - como digo
siempre – si tuviésemos que vender la casa ese ambiente sería el “cuarto de
servicio” porque se ingresa desde el lavadero. Pero para mí, es mi escritorio. Un
lugar aislado que permite concentración.
Mi biblioteca - creo que a esta
altura se entiende que llamo así a mi patrimonio de libros y algunos anillados –
se reparte entre dos muebles, un estante empotrado en una pared y un par de
estanterías pequeñas. Apretados, algunos
apilados y nunca ordenados como me gustaría. En uno de los muebles habita la
Literatura Infantil. Sí, con mayúsculas. Propiedad compartida con mi hija, por
supuesto. Con clásicos y sus versiones, libros de arte para chicos, de historia para
chicos, muchos de animales, algunos de monstruos, otros de profesiones, unos
cuantos de María Elena, varios (creo que toda la saga) de Mafalda, algunos de
Federico, tres del gato de Berta, y unos viejos destartalados y amarillentos
que fueron parte de mi infancia.
Hace un tiempo que parece lejano
- estoy hablando de fines de febrero o inicios de marzo - mi hija pidió hacer
una pequeña biblioteca en su dormitorio porque el escritorio queda alejado para
buscar libros cuando quiere leer de noche. Hablamos de pintar dos o tres
cajones de fibrofácil con colores fuertes y colgarlos en la pared como habíamos
visto en unas fotos de diseño de dormitorios en Pinterest. Averigüé algunos
precios, no habíamos decidido los colores y… llegó el aislamiento social.
En estos dos meses el dormitorio
se pobló de libros con ponis, hadas, versiones de clásicos y el Ratón Pérez. Mi
hija avanzó muchísimo en la fluidez de su lectura en voz alta y en comprensión
lectora. Sin embargo, los libros se
caían entre la cómoda y la cama, quedaban entre las sábanas… no encontraban un
lugar cómodo. Hasta que llegó una idea. De ella, por supuesto. ¡La heladera de
Barbie se convirtió en biblioteca!
Allí los libros esperan ansiosos
el momento de ser devorados como platos deliciosos por una inquieta lectora de
casi siete años.
