14 de junio de 2020

MIRAR Y CONVERSAR


Desde hace algún tiempo me fui familiarizando cada vez más con los libros álbum. Cuando leo un libro álbum siento que aprecio un cuadro que narra una historia. En ellos hay una unidad indisoluble entre las ilustraciones y el texto escrito. Una fraternidad. Sin embargo, algunos prescinden del texto escrito y sólo narran con imágenes. Porque la protagonista indiscutida es la imagen.



¿Por qué gustan tanto? Tal vez un argumento posible está en lo que dice Anthony Browne acerca de la naturaleza visual de los niños. Les dejo un video donde dice eso y muchas más cosas re interesantes.



El mundillo editorial dice que el primer libro álbum fue “Donde viven los monstruos” de Maurice Sendak  (ya lo hemos comentado en un posteo anterior). Sin embargo, el juego entre imágenes y textos nació mucho antes y aún mantiene vigencia también en el formato historieta.
Por ejemplo, es emocionante jugar con los Limerick ilustrados de Edward Lear. A veces las traducciones son un poco traicioneras, pero vale la pena animarse o arriesgarse con la lengua inglesa.



En esa misma entrevista Anthony Browne menciona dos cuestiones que creo que deberían ser metas para cualquier docente o mediador literario:
-          Aprender a mirar.
El libro álbum tiene muchos detalles. A veces, sutilezas. Y esas pequeñeces engrandecen al libro. Podemos armar propuestas para desarrollar esa mirada atenta. Sin olvidar que miraremos para intensificar el disfrute de un producto cultural.
-          Concebir la experiencia de leer como una conversación.
Dialogamos mucho sobre lo que leemos. ¿Diálogamos sobre lo que leemos? ¿Con quién lo hablamos? ¿Qué preguntamos cuando tenemos a nuestro cargo un grupo de lectores? No estoy pensando en las preguntas del cuestionario de comprensión lectora tan requeridas en la educación formal. A la oralidad y a la lectura propiamente dicha aún las miran de reojo en la escuela. ¿Qué pasaría si rompemos esa tradición hegemónica del texto – cuestionario con un libro álbum - con o sin texto escrito -  y sólo lo conversamos?



Dejé más preguntas que respuestas. Es honesto, porque no tengo certeza sobre las respuestas y porque es una forma de habilitar el diálogo.

3 de mayo de 2020

LIBROS PARA DEVORAR


Cuando era chica no tenía biblioteca en casa, esto se complicó mucho cuando comencé la facultad a los 18 años. No había espacio. Mis apuntes y mis libros iban y venían de la cama al living. En cambio, ahora la biblioteca está arriba, en un escritorio que - como digo siempre – si tuviésemos que vender la casa ese ambiente sería el “cuarto de servicio” porque se ingresa desde el lavadero. Pero para mí, es mi escritorio. Un lugar aislado que permite concentración.
Mi biblioteca - creo que a esta altura se entiende que llamo así a mi patrimonio de libros y algunos anillados – se reparte entre dos muebles, un estante empotrado en una pared y un par de estanterías pequeñas.  Apretados, algunos apilados y nunca ordenados como me gustaría. En uno de los muebles habita la Literatura Infantil. Sí, con mayúsculas. Propiedad compartida con mi hija, por supuesto.  Con clásicos y sus versiones,  libros de arte para chicos, de historia para chicos, muchos de animales, algunos de monstruos, otros de profesiones, unos cuantos de María Elena, varios (creo que toda la saga) de Mafalda, algunos de Federico, tres del gato de Berta, y unos viejos destartalados y amarillentos que fueron parte de mi infancia.
Hace un tiempo que parece lejano - estoy hablando de fines de febrero o inicios de marzo - mi hija pidió hacer una pequeña biblioteca en su dormitorio porque el escritorio queda alejado para buscar libros cuando quiere leer de noche. Hablamos de pintar dos o tres cajones de fibrofácil con colores fuertes y colgarlos en la pared como habíamos visto en unas fotos de diseño de dormitorios en Pinterest. Averigüé algunos precios, no habíamos decidido los colores y… llegó el aislamiento social.
En estos dos meses el dormitorio se pobló de libros con ponis, hadas, versiones de clásicos y el Ratón Pérez. Mi hija avanzó muchísimo en la fluidez de su lectura en voz alta y en comprensión lectora.  Sin embargo, los libros se caían entre la cómoda y la cama, quedaban entre las sábanas… no encontraban un lugar cómodo. Hasta que llegó una idea. De ella, por supuesto. ¡La heladera de Barbie se convirtió en biblioteca!



Allí los libros esperan ansiosos el momento de ser devorados como platos deliciosos por una inquieta lectora de casi siete años.

2 de abril de 2020

OTROS MONSTRUOS, LAS MISMAS EMOCIONES


Días de encierro, de aislamiento social. De gente más preocupada por la economía que por la salud pública.
Nuestros niños hacen lo que pueden. Lo que habilitamos los adultos, lo que nosotros podemos y lo que ellos intentan transgredir. Jugar te permite viajar, te permite ser otr@, alguien que no está encerrad@. Jugar es transgredir sin riesgo este encierro por pandemia.
Un encierro que también genera monotonía. La monotonía genera malestar y berrinches. Cada uno carga su monstruo. O varios. No importan sus colores. Puedo conquistar a mis monstruos, convertirme en su Rey y volver victorioso a mi hogar. Como un héroe. Abrazar a mamá y sentarme a cenar después de una travesura. Como Max, de Maurice Sendak, en “Donde viven los monstruos”.



Puedo andar errante por el mundo con monstruos en la cabeza que me generan distracciones, que asustan a otr@s y me condenan a la soledad. Hasta que alguien me regala una flor, o una canción, o un mundo azul. Como Rulo, de Brocha, en “Monstruos en el pelo”.



Son dos libros que me encantan y hablan de emociones, de humanidad, de infancia. Cada vez que leo a uno me acuerdo del otro. Son libros álbum. Sus autores además de escribirlos los han dibujado. Sus personajes son niños. Sin embargo, son de dos lugares y dos épocas muy diferentes. Max domina a sus monstruos y regresa pacificado al amor de su mamá. Rulo no es muy consciente de sus monstruos aunque encuentra gente y espacios que aceptan sus monstruos. Ambos tienen mensajes positivos, esperanzadores. Porque esos monstruos son desafíos para los vínculos y sus dueños lo logran. Sin embargo, son cuentos que no bajan línea. Nadie indaga si los monstruos de Max son rojos o si los de Rulo son azules. Los personajes logran vivir felices a pesar de sus monstruos. En la simpleza de estas historias aparece la profundidad de personajes que no son planos.





La literatura es arte. Con el arte nos emocionamos, nos identificamos, proyectamos. Es posible abordar los enojos y los dolores en terapia, aunque no es viable educar para evitar enojo o dolor.


* “Donde viven los monstruos” fue escrito por Maurice Sendak y editado por Kalandraka. “Monstruos en el pelo” fue escrito por Brocha (Pablo Médici) y editado por AZ.